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Che, Borges... ¿y el tango? Por Carlos Hugo Burgstaller
Una extraña complicidad de ironías y
contradicciones envuelven la relación del escritor con el tango.
Es muy posible que la discusión sobre si a
Borges le gustaba o no el tango sea tan baladí como la de si Piazzolla
hacía tango o no. Bien, Piazzolla hacía tango.
Ahora es curioso el empecinamiento que muchos
tienen en sostener que a Borges no le gustaba el tango. Y es muy posible que al
escritor le gustaran muchas más cosas de las que era capaz de aceptar o
reconocer. Pero claro, están sus declaraciones; él
sostenía a diestra y siniestra que el tango no le gustaba. Y es bueno
recordar que sostener que a Borges no le gustaba el tango es una manera de
menoscabar su figura haciéndolo aparecer como antiargentino. Porque no
hay que olvidar que pegarle a Borges es un deporte nacional. Porque
Borges excede los límites de la literatura, porque fue polémico,
pero porque lo hicieron polémico, fue irónico porque era una
forma de defenderse, y porque los que solo alcanzaron la altura de sus salidas
ingeniosas nunca llegaron a las cimas de su obra. Claro siempre fue más
fácil preguntarle por un jugador de fútbol que por Schopenhauer.
Pero es cierto, Borges solía sostener que
no le gustaba el tango; y me pregunto si lo hacía simplemente por
provocar, por darle algo de que hablar a los que nada tenían que decir o
contestaba lo que muchos querían oír.
Veamos. Cierta vez el locutor Antonio Carrizo al
salir con Borges de los estudios de Radio Rivadavia en Buenos Aires, le
preguntó:
Carrizo: Usted dice que no le gusta el tango, pero
usted mismo es medio tanguero.
Borges: Oiga, soy Borges
Carrizo: Está bien, pero ese poema
Remordimiento es un poco sensiblero y llorón.
Borges: Tiene razón, pero no me lo diga.
Nunca debí haber escrito ese poema tan cerca de la muerte de mi madre.
Y es cierto, Borges era tanguero, pero no por
algún poema sensiblero, sino por su obra, su concepción de un
Buenos Aires hecho de arrabal, sagüanes, compadritos y toda una
mitología que no tiene otro mundo que el del tango. Mucho de los relatos
de Borges son tangos mudados a la literatura.
Pero mejor será desandar ese camino de
negaciones borgeanas y bucear en las verdaderas opiniones de Borges sobre el
tango. Veamos lo que surge de una charla entre él y Ernesto
Sábato:
Borges: Yo no entiendo de música, pero
Troilo me gusta. Piazzolla en cambio... Un amigo me llevó a un concierto
de él en Córdoba. Tocó seis piezas. Las escuché y
me dije: Me voy, como no tocan tango, hoy... Es que mi cuerpo no lo
acompaña. Nunca me gustó el bandoneón. Llegó
después que el piano, el violín y la flauta.
Sábato: Pero llega a tiempo para convertir
al tango, como diría Santo Tomás, lo que era antes de
ser... Ya sé que a usted el bandoneón no le gusta.
Borges: Tampoco me gusta Gardel.
Y aquí me hago la primera pregunta:
¿No será que, en realidad, a Borges le gustaba determinado tipo
de tango nada más? ¿Acaso no confesaba que gustaba de Troilo? Y
si así era, ¿eso invalida al tango? A mi hay tangos que no me
agradan, pero eso no significa que el tango no me gusta.
Me parece indudable que, por distintas razones, a
Borges le gustaba aquel tango compadrón, o compadrito, el de flauta,
guitarra y violín, más cercano a su universo, (real o imaginario)
más propio de su visión de un mundo que tal vez nunca vio y
él reconstruyó por lo que le contaron.
En una charla con Fernando Sorrentino el escritor
sostiene, entre otras cosas: Yo de chico -me he criado en un barrio
pobre, en Palermo, el barrio de Carriego-, he visto bailar con corte a los
hombres en las esquinas. Porque ninguna mujer iba a bailar eso, porque
sabían que era un baile infame.... Cuando supieron que eso lo bailaba la
gente bien, entonces la gente se resignó y lo bailó, pero fue muy
resistido por el pueblo el tango, porque lo veían como un baile de gente
de mala vida. Pero era muy distinto, porque era un baile muy alegre, muy
movido, con figuras... obscenas, ¿francamente, no? En París lo
adecentaron mucho, lo entristecieron y después vinieron personas que se
encargaron ya de cambiarlo. Por ejemplo, La cumparsita ya corresponde a
ese cambio. También Gardel, que no tiene nada que ver con la manera
vieja de cantar el tango.
Y sospecho que el fondo de la cuestión no
está muy lejos de esto: A Borges llegó a gustarle el tango
alegre, no el nostálgico que vino después. Ese tango que estaba
más cerca de sus sueños juveniles que de Pascual Contursi. Pero
sigamos un poco más:
En cuanto a los orígenes del tango,
-sigue diciendo Borges- me han interesado. Yo he conversado con Saborido, con
Ernesto Ponzio, he conversado con don Nicolás Paredes, que fue caudillo
en Palermo, he conversado con un tío mío que era
niño-bien-calavera; he conversado con gente de Montevideo, de Rosario. Y
todos me han dado el mismo origen.
Y vuelvo a las sospechas, quizás, a Borges
le gustaba ese tango hecho de picardía, de esquinas, de su barrio,
incluso de sus relatos.
Ahora es bien sabido de su preferencia por la
milonga, que está más cerca de aquel tango compadrito y alegre
que él gustaba. Aunque su trabajo Para las seis cuerdas
lejos está de aquellas letras picaras, más bien se emparientan
con aquellas milongas fatales, en las que no están ausente el cuchillo,
el amor, el coraje y la muerte. Y tal vez, contradiciéndose sin querer,
deja que ese trabajo llegue al disco con la voz de Edmundo Rivero y la
música de Astor Piazzolla.
Recorriendo los versos de El tango
(1964) me encuentro con un tango que es tumba de aquellos personajes que,
quizás, si para Borges eran el tango:
Aunque la daga hostil o esa otra daga,
El tiempo, los perdieron en el fango,
Hoy, más allá del tiempo y de la
aciaga
Muerte, esos muertos viven en el tango.
En la música están, en el cordaje
De la terca guitarra trabajosa,
Que trama en la milonga venturosa
La fiesta y la inocencia del coraje.
Y me detengo en un punto donde, es solo una
pretensión, aspiro a cruzarme con el sentimiento de Borges. Es
recurrente en su obra el coraje. ¿Quizás porque él no era
un hombre valiente? Tal vez. Y así, constantemente, la figura del
compadrito, o del compadre, del que no tiene un instante de duda a la hora de
enfrentar la muerte de la mano de un cuchillo, siempre está presente en
su obra. Y esos personajes, hechos a cuchillo y coraje desaparecen del tango
cuando este se hace sentimental. Entonces ya es el hombre que llora por la
mujer que se le fue, por el engaño, latraición de la mina. Y
Borges no aceptaba eso, él pensaba como había dicho el caudillo
Paredes: un hombre que piensa cinco minutos seguidos en una mujer no es
un hombre, es un manflora..
María Esther Vázquez, privilegiada
amiga de Borges, cuenta en su libro Borges, esplendor y derrota lo
siguiente: Al mismo tiempo que nuestro escritor afirmaba su lugar en la
literatura, hacía otras cosas. Por ejemplo, aprendió a bailar el
tango (¡!) y la milonga. Es probable que le hayan enseñado a
Güiraldes, él tenía fama de ser un gran bailarín, lo
mismo que Victoria Ocampo, con quien compartió veladas tangueras. El
entusiasmo (¿?) de Borges por el tango lo llevó a componer, con
el músico Octavio Portela Cantilo, uno titulado Biaba con caldo,
o sea, traducido del lunfardo, paliza con sangre. Parece que era
muy divertido y compadrón; por desgracia, se ha perdido. Creo que
sobre esto no hay nada que agregar.
En definitiva si Borges sostenía que no le
gustaba el tango no le creo. Sí me resulta más verosímil
que ese comentario formaba parte de la personalidad de el personaje Borges, el
de las notas en las revistas, el de las respuestas a las preguntas
rápidas y malintencionadas.
Estoy tan seguro que a Borges le gustaba el tango
como tanto tango hay en sus obras. Y algún mensaje misterioso me dice
que lo que, en definitiva, Borges rescataba de aquellos tangos están en
la última estrofa de su poema El Tango.
.... El tango crea un turbio
Pasado irreal que de algún modo es cierto,
El recuerdo imposible de haber muerto
Peleando, en una esquina del suburbio.
Para Borges el tango era el coraje, lo que vino
después, sencillamente, no le gustó·
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